domingo 19 de julio de 2009

En Rusia

De pequeño siempre que veía películas donde salían cosas escritas en ruso (en esa época los rusos casi siempre eran los malos) me sentía intrigadísimo por esas letras tan raras. Ya de adolescente y gracias a internet pude satisfacer mi intriga y empecé a aprender algunas cosas básicas: alfabeto, frases típicas, etc. Luego siempre acababa misteriosamente en una página guarra. Por fin cuando estudiaba en la universidad me apunté a la escuela oficial de idiomas para hacer ruso más en serio. Más adelante lo dejé, habían pocos horarios que me fueran bien y en general había dejado de ser una prioridad para mi pues ya había aprendido las cuatro cosas que quería saber. Intentar aprender ruso me parecía imposible y en cualquier caso si conseguía pasar los 6 años de la escuela de idiomas tampoco tenía intención de irme a vivir a Rusia ni casarme con una siberiana.

Esas cuatro cosas que sabía me habían sido de utilidad varias veces estando de viaje por algún país de lengua eslava, ya que muchas de las cosas típicas se parecen un poco, pero nunca me había puesto a prueba de verdad hasta que hace algo más de un año tuve que viajar a Moscú por trabajo una semana. Por fin iba a ver Rusia con mis propios ojos.

Volé el día de San Juan, fiesta grande en Catalunya, como nochevieja pero en verano. Intenté dormir pero el ruido de los petardos o el calor me lo impidieron, fue una noche fatal. Volé con Czech Airlines e hice escala en Praga. El avión era cojonudo, las azafatas eran checas (no hase falta desir nada más) y la comida era extrañamente comestible así que pude descansar un poco. Por la tarde aterricé en Moscú y lo primero que hice fue ir a donde cambian la pasta a comprar algunos rublos. Recuerdo que el tío que estaba delante mío cambió como 5 o 10.000 euros. Le dieron tal fajo que parecía un libro de esos de Jorge Bucay que sólo sirve si tienes alguna mesa coja. Estuve por seguirlo y pegarle el palo pero su cara de bueno y sus 2 metros y 150 kg me hicieron cambiar de idea. Yo sólo cambié 200 euros, creí que sería suficiente para aguantar un par de días.

Lo siguiente fue buscar un taxi. Como siempre en este tipo de países (chungos), la terminal estaba llena de tíos a los que no te gustaría encontrarte en un callejón oscuro ofreciéndose como taxistas. Los hay que te gritan y te cogen del brazo y los hay que te susurran como si te ofrecieran heroína. Al que me pareció más o menos serio le dije que sí y me llevó afuera. Él no era el taxista, sólo captaba a los clientes y negociaba el precio. Así que me preguntó adónde iba y me dijo un número, acepté y me metí en un coche. Nuestra conversación fue simplísima y más o menos entendí todo lo que dijo. Una vez en el taxi estuve haciendo cálculos mentales hasta que me dí cuenta de que el taxi me iba a costar como 190 euros. Sabía que Moscú era caro pero no tanto, fue una estafa en toda regla, la de bienvenida. Más tarde me dijeron que había pagado algo más del triple de lo que pagaría un ruso. En cualquier caso no me iba a poner a discutir con el taxista pues lo último que quería era acabar apuñalado en un descampado cualquiera del extrarradio moscovita por 190 euros que pagaba mi empresa y no yo.

Cuando llegué al hotel me estaba esperando un compañero de mi empresa, en el bar, cómo no. Subí a dejar la maleta y a dejar un mini-yo y bajé al bar. Tras varias cervezas nos fuimos a cenar en metro al centro. Por suerte él hablaba ruso a la perfección así que podía respirar tranquilo. Cenamos en un restaurante de la calle Arbat (la rambla de allí) y confirmé lo que me explicaron de los restaurantes moscovitas: pésimo servicio. La camarera era antipatiquísima, ni hola, ni adiós, ni gracias, ni nada. Ni sonreía. Tampoco estaba buena. Dónde coño estaban las rusas aquellas que me imaginaba? De la carta, la mitad de platos no los tenían y los que pedimos los trajeron en el orden que les dio la gana. Primero un segundo, al cabo de 10 minutos el otro segundo y un primero y más tarde el otro primero. Era comida rusa, estaba bien pero no era nada especial, y aún así nos costó un ojo y medio riñón que no pagué yo porque ya no tenía rublos. En el hotel, el metro, las tiendas, etc. el nivel de simpatía era el mismo o peor. Iban todos estreñidos acaso? Tanta col tiene que hacer daño. Tiempo más tarde leí un artículo de un empresario de aquí que se pasaba 6 meses al año en Moscú. Decía que durante 6 meses era normal y los otros 6 meses se convertía en un hijoputa, lo necesario para vivir allí y evitar que te traten como a un imbécil. Por suerte se ve que esto pasa sólo en Moscú y San Petersburgo. Personalmente he conocido rusos de otras partes de Rusia y me parecieron bastante normales comparados con sus compatriotas de la capital, que tienen una mala ostia que te cagas. Trabajando conocí a un par de tíos de Siberia muy simpáticos, enseguida sacaron algo para beber (curiosamente cognac Hennessy en lugar de vodka) y al poco ya estábamos brindando como si hubiéramos ido a la guardería juntos. También conocí a un checheno en el bar del hotel pero este no me cayó tan bien, era un borracho follonero, y no me extraña.

Uno de los días siguientes fue cuando jugó España contra Rusia la semifinal de la Eurocopa. Fuimos al centro a buscar un bar para ver el partido. Entrábamos en uno cualquiera, mi colega les preguntaba si había mesa para 2 y nos daban un NO rotundo por respuesta aunque faltaban horas para el partido y el bar estaba vacío. Decían que estaba todo reservado. Después de 1 o 2 así me pareció extraño, pero cuando llevábamos más de 10 estaba flipando en colores. Al final mi colega me dijo: “entra tú y pídelo tú en inglés que creo que tendremos más suerte”. Lo hice en el siguiente y aunque estaba todo lleno nos pusieron una mesa justo delante de la tele. No entendía nada. Mi colega me explicó lo que era evidente: que a los extranjeros los tratan muchísimo mejor que a los rusos. Una vez sentados nos preguntaron de dónde éramos y les dijimos que de España. Ya no estaban tan contentos. Al poco empezó a llegar la gente y al final era un lleno absoluto donde sólo nosotros éramos guiris, y encima españoles. Ambiente muy hostil. Personalmente me daba igual quién ganase pues “la roja” me la suda un poco bastante y eso me fue de mucha utilidad para no darles más rabia a los demás que habían dejado de ser personas para ser un híbrido de recipiente de alcohol y hooligan. Tras el 3 a 0 a favor de España nos fuimos discretamente e hicimos toda la calle Arbat escuchando gritos de gente muy simpática cagándose en España y en su puta madre. Me hubiese unido a ellos sin ningún problema pero no se iban a creer el rollo ese de Catalunya. Me iba a hacer pasar por andorrano y a tomar por culo.

Otra noche fuimos a tomar algo a una especie de discoteca latina. Mi colega se reunió con unos amigos suyos y empezaron a tirar trastos a discreción. Allí sí que había rusas de las que hasta ahora sólo vivían en mi imaginación. Yo me hice amigo de un ruso que me invitaba a cubatas sin parar. El tío hablaba medio en inglés medio en alemán y a los pocos cubatas nos entendíamos perfectamente. Era un gilipollas pero me entretenía. Debió pensar lo mismo de mi. Al poco se quedó sin dinero y empecé a invitarle yo con rublos que había conseguido. En un momento de la conversación, alternábamos el fútbol con si están más buenas las rusas o las españolas, le pregunté:

- Eh, tío, he visto a muchos rusos animando a Alemania en el partido contra Turquía. Cómo es eso? Pensaba que no os gustaban los alemanes.
- Y no nos gustan.
- Pues por qué los animáis?
- Coño, pues porque son blancos como nosotros!

Vaya un nazi que estaba hecho el puto ruso. Mira que en Moscú se puede encontrar gente de todas las razas, herencia de la gran Unión Soviética y me toca el xenófobo este de los cojones. Como el balance de cubatas pagados hacía rato que estaba a mi favor me lo saqué de encima como pude. Al cabo de un rato salimos del local y como ya no había metro nos dispusimos a buscar un taxi a la rusa: te plantas en la acera, levantas una mano y a esperar que un coche cualquiera pare. El conductor te pregunta “kudá?” (a dónde?) y si le va bien te dice un precio y si estas de acuerdo te montas. Y te tienes que fiar de que un ruso desconocido en mitad de Moscú te lleve a donde quieres. Con un par. Se ve que es bastante habitual. Otro día de los que estuve nos montamos en uno que además de nosotros también paró a recoger a dos tías buenas. Nos llevaba a los cuatro al centro en un puto lada. Yo delante dándole palique al conductor y mi colega detrás con las rusas buenorras. Vaya pardillo que estoy hecho. A mi no me hacían ni puto caso, todo el mundo me tomaba por ruso.

Tras una semana allí comprobé que no todos eran unos cabrones o unos nazis, pero tampoco eran la alegría de la huerta. No me extraña con ese clima horripilante y esos bloques de pisos soviéticos inmensos donde viven, es que por cojones tienen que estar de mala ostia. La alternativa es el suicidio. Lo que sí que me quedó claro es que no todas las tías son Adriana Sklenarikova y que los peores problemas que puedes tener son con la policía, que mejor ni mirarlos.

jueves 16 de julio de 2009

Qué hacer con 23.000 billones

Josh Muszynski es un tío normal y corriente que vive en Manchester, estado de New Hampshire, EE.UU. Un día se levanta, va a la gasolinera, se compra un paquete de tabaco y paga con tarjeta. Acto seguido vuelve a casa, enciende su ordenador, comprueba el saldo de su cuenta bancaria y es entonces cuando vé que en la gasolinera le han cobrado 23.148.855.308.184.500 dólares y encima el banco le ha cobrado 15 dólares más por estar en descubierto. El tío coge el portátil, lo lleva a la gasolinera y se lo enseña a Debbie Rodríguez, la encargada, que en ese momento estaba atendiendo al también cliente Mike Johnson. El tal Mike del susto que se pega cuando ve los 17 dígitos seguidos se larga pitando y se olvida de poner la gasolina que ya había pagado. Debbie le dice a Josh que no sabe qué decir y éste llama al banco. Tras horas colgado al teléfono y con el pantalón cagado, el banco dice que no sabe qué ha pasado pero que lo arreglarán de alguna manera. “Tranquilo, debe haber sido un becario, lo arreglo y te digo algo”. Y efectivamente el día siguiente comprueba que el banco le ha devuelto los 23 mil billones y pico que le han cobrado de más, además de los 15$ de sobrecargo por descubierto. No sé si mi banco me lo perdonaría.

Algunas perlas del amigo Josh:

1) “Pensé que alguien había comprado Europa con mi tarjeta de crédito”
2) “Es un montón de dinero. Algo que nunca podría devolver ni yo ni mis hijos ni mis nietos”
3) “Si tuviera ese dinero lo primero que haría es saldar la deuda de General Motors”

Mi opinión sobre las perlas:

1) Efectivamente, alguien podría haber comprado Europa con ese dinero. Le habrían estafado y, aún desconociendo al propietario, me atrevería a decir que sería un español o un italiano. Y me pregunto: Europa es lo más caro que se puede comprar? Hay algo que no puedas pagar con eso? Yo creo que te puedes hacer Papa y Ayatolá a la vez y te aseguras el pase VIP para el paraíso en dos de sus ambientes: el cielo con su rollo chillout y un harén más cañero.

2) Es tanto que nadie podría devolverlo. Bill Gates, el hombre más rico del mundo, tiene una fortuna de alrededor de 40.000 millones de dólares. Supongamos que éso es lo que gana cada hora y que cobra las 24 horas del día todos los días del año. Pues tardaría 65 años en acumular toda esa pasta. Se trataría de engendrar a unos cuantos Bill Gates y solucionado. Podría secuestrar a Bill Gates, extraerle esperma y fecundar repetidas veces a la señora Muszynski.

3) Eso sólo lo puede decir un yankee bastante freak. A nadie en su sano juicio se le ocurriría una estupidez similar. Es como si un genio te concede un deseo: puedes erradicar el hambre, la pobreza, comprar la luna y luego hacer que explote o hacer que tu país esté de fiesta 10 años seguidos al estilo bacanal romana y lo único que se le ocurre es esa puta mierda. Pero esto qué es? O es como si a Roman Abramovich le da por comprarse un futbolín en lugar de comprar el Chelsea y en lugar del Anastasia se compra un patín de playa.

Personalmente me gustaría un día gastarme una cantidad similar, es decir, varios centenares de veces el producto interior bruto del mundo entero, así a lo tonto.

La noticia aquí.

lunes 13 de julio de 2009

Rubik infinito

Ya he hablado aquí de dos pesadillas que he tenido: el buscaminas infinito y el problema de física infinito. Hoy voy a añadir una tercera para conmemorar el 65 aniversario de Ernő Rubik: el cubo de Rubik infinito.

De la misma manera que en las dos pesadillas anteriores, me encuentro intentando resolver algo obsesivamente. Algo que en general no es difícil pero sí que lleva tiempo y requiere concentración y muchísima paciencia. En este caso se trata de un cubo de Rubik con la única pega que no se puede solucionar y yo creo que sí, un bucle sin condición de fin. Así que me paso la noche girando caras y consiguiendo que éstas sean de un único color pero cuando parece que ya lo tengo me vuelvo a encontrar con el cubo como lo tenía al principio. Al amigo Ernő le debió pasar algo parecido cuando inventó el maldito cubo. He leído que cuando lo inventó se pasó un mes entero intentando resolverlo, llegando a pensar en multitud de ocasiones que era algo imposible. No sé cómo coño lo consiguió descifrar y hasta pongo en duda que lo hiciera. Quizá simplemente lo puso a la venta para traumatizar a la gente y algún crack lo consiguió sin desenganchar las pegatinas. Y es que para lo pequeño que es, es muy pero muy cabrón. Actualmente la gente memoriza y mejora las secuencias consiguiendo récords absurdos como resolverlo sin mirar o con una sola mano, pero para mi la gracia está en resolverlo desde cero sin ningún conocimiento previo y sin la certeza de que exista una solución. Y es que existen 43 trillones de permutaciones posibles. No es la conjetura de Goldbach pero tiene su tela. Las cosas que parecen más simples suelen ser a menudo las más complicadas de resolver.

Por suerte este sueño sólo lo tuve una vez, durante una época en que estuve intentando memorizar la secuencia de giros que te llevan a la solución. No lo conseguí.

domingo 12 de julio de 2009

La fractura tipo Jones

El otro día fui a mi traumatólogo de confianza para que revisara la radiografía y le diera el visto bueno al diagnóstico y al yeso. Ya me ha visitado y tratado unas cuantas veces por lesiones de todo tipo y de momento he quedado bastante bien.

Me recibió con los brazos abiertos como de costumbre, sin sospechar que últimamente le he puesto los cuernos con otro para que me revisara una muñeca y un tobillo. Nada relevante y por tanto no constituye adulterio. La visita fue corta pero intensa y nuestra conversación fue más o menos así de elaborada:

- Hola! Qué es esta vez?- preguntó.
- Nada, que me he roto el pié de marcar tantos goles- enésima vez que doy esta respuesta, aunque él no se rió-.
- Déjame ver esa radiografía- y se la dí.

Después de observarla durante unos 3 segundos me dijo:

- Pasa a la camilla que te voy a quitar esto- refiriéndose a la escayola.

Me estiré y empezó a cortar de abajo a arriba hasta que llegó a la altura de la rodilla donde acababa el yeso y empezaban mis pantalones. Llegado a este punto sacó mi flácida extremidad de su jaula de escayola.

- Levántate- me ordenó. Eché de menos el “... y anda”.

Así lo hice, aunque manteniendo el pié derecho en alto.

- Y apoya el pié en el suelo- aunque no lo dijo sólo le faltó llamarme atontado pues se refería obviamente a que estuviera de pié con ambos en el suelo. Obedecí.
- Anda- ordenó. Aquí estaba.
- Sabía que dirías eso. Ya me queda menos para ser traumatólogo a mi también- respondí.
- Ya estás curado- dijo finalmente haciendo caso omiso a mis graciosos comentarios-. Ni la virgen de Fátima, eh?

Su comentario tampoco me pareció gracioso. Me explicó que tenía una distensión pero en ningún caso una fractura. Por lo visto el de urgencias debió hacer el curso de traumatología de CCC. Así que me fui por donde había venido, pero esta vez con un pié descalzo, unas muletas sin amortizar y una radiografía menos para conseguir mi póster de cuerpo entero en rayos X.

miércoles 8 de julio de 2009

Las tetas de la noruega

Era por la tarde y me dirigía a clase de alemán como cada miércoles. Gafas de sol, iPod y andando rápido. De repente me gritaron y me dieron un golpe en el costado. Me llevé un susto que pensé que tendría que volver a casa a cambiarme los gallumbos. Así no iba a pasar el sakki test ni de coña y pensé lo que me quedaba por aprender. Cuando recobré la conciencia y mi esfínter se cerró vi su cara frente a la mía. Al principio me costó reconocerle pero luego caí: era Mitch Buchanan, un amigo que hacía tiempo que no veía. Lo apodamos así porque solía trabajar de vigilante de la playa los veranos. No se comía un rosco pero siempre llevaba el flotador ese tan chulo. Estaba igual que siempre. Por lo visto me crucé con él y ni me fijé. Estaba escuchando Millencolin y Monkey Boogie me había transportado mentalmente a los veranos de adolescencia. Estaba en la playa hablando con Bette, no recordaba de qué, quizá algo fútil o quizá no, pero recuerdo su top-less como si lo hubiera visto hoy mismo. La cara de Mitch puso fin al viaje y de golpe me encontré en la triste realidad que suponía no tener ese par de inconmensurables tetas delante.

En menos de dos minutos ya estábamos en un bar suplicando cerveza. Varias cañas más tarde nos habíamos puesto al día. Por lo visto él seguía en contacto con varios amigos que hacía tiempo que no veía así que sugirió organizar una cena de reencuentro. Me habría importado una mierda sino fuera porque una de las asistentes iba a ser Bette, que por lo visto al acabar la carrera en su Trondheim natal había decidido trasladarse a España y ocupaba el apartamento propiedad de sus padres en la costa. Obviamente me pareció una idea brillante y quedamos un par de semanas más tarde. Volví a casa haciendo eses y no me acordé del alemán de los cojones hasta que llegué a casa y me pregunté que coño llevaba colgado de la espalda y vi que era la mochila con los libros de alemán dentro.

El día D llegó y me dirigí raudo al lugar de reunión. Un bar irlandés que estaba medio vacío siendo optimista. Había llegado el primero como de costumbre, así que cuando llegó el segundo ya le llevaba una pinta de ventaja. La última con más de una hora de retraso fue Bette. Vi su pelirroja cabellera antes siquiera de que entrase en el local y la seguí con la vista hasta que llegó a nosotros ignorando por completo las batallitas que Mitch iba relatando con sus indescriptibles gestos. Aunque sus turgentes pechos ya no eran lo que habían sido seguía siendo una belleza exótica que llamaba la atención allá por donde iba. Sus extrañas pestañas rubias y sus ojos azul pálido eran igual a como recordaba, inexpresivos. Nos saludó a todos y se sentó en el otro extremo de la mesa. En ese momento alguien dijo que deberíamos ir tirando porque si no no íbamos a encontrar sitio para cenar. Mientras pagábamos iban saliendo nombres de restaurantes hasta que Bette soltó:

-Alguno de estos es vegetariano?- su español había mejorado pero seguía teniendo acento.
-Vegetariano? Qué coño dices?- respondió el transparente Mitch con su tacto habitual.
-Es que soy vegetariana- respondió ella.
-Desde cuando?- siguió interrogándola Mitch.
-Desde que empecé la universidad.
-Pues menuda gilipollez. Seguro que no comes carne de ningún tipo? Sería una lástima- Mitch nunca había sido tan sutil.
-Por qué no vamos al Blanc?- sugirió ella, ignorándole.
-Qué dices, esa mierda para pijos en la que los platos son enormes, ponen poca cosa y los nombres de los platos tienen más palabras que un padre nuestro? No, vamos a Can Torras que allí ponen cantidad y como mucho tienes que decir 3 palabras: "carne", "con" y "patatas”.
-En tu línea, crack!- añadí.
-Vamos a La Fusta, que no es vegetariano pero hacen ensaladas y ponen cantidad- sugirió otro.

Estuvimos de acuerdo y allá fuimos. Esta vez fui más hábil y me senté frente a Bette. Cuando vino el camarero a tomar nota ella le preguntó si también tenían platos para vegetarianos aparte de pedirle la lista de ingredientes de cada ensalada. Me pregunté si siempre había sido igual de tocapelotas y si sus tetas me habían tenido hipnotizado durante la adolescencia. Al final el camarero pudo tomar nota y se largó algo cabreado.

Durante la espera estuve hablando con ella y me explicó que había estudiado ciencias del medio ambiente o algo así. Se empeñaba en hablarme en castellano aunque siempre lo habíamos hecho en inglés. Le pregunté si estaba aprendiendo catalán y le dije que si lo prefería podíamos cambiar de idioma. Me dijo que no tenía ni puta idea y que no tenía intención alguna de aprenderlo ya que era inútil. Efectivamente era una imbécil. Aún así hice un esfuerzo por seguir con opciones de mojar el churro y cambié de tema. Hablamos de algo completamente banal y que por tanto dominaba a la perfección. Fue entonces cuando trajeron su plato. Lo estuvo investigando un rato y llamó al camarero y le dijo que no lo quería, que había no se qué coño y que no se lo podía comer porque era vegetariana. Por suerte había desconectado y escuchaba con atención la historia en que Mitch tuvo que pegarle un puñetazo a un tío para sacarlo del agua cuando se estaba ahogando y le rompió la nariz. Era la enésima vez que la explicaba pero aún me partía de risa.

El segundo plato fue más de lo mismo. La noruega quejándose por todo mientras el resto nos reíamos con las historias de lo puto crack. Ahora explicaba la vez que me ataron con celo una mano a la cara y la otra a pata de la mesa en segundo de BUP. Esta ya no me hacía tanta gracia pero no pude evitar reírme mientras Mitch me imitaba. Vaya cabrón estaba hecho.

Llegados al postre presencié como Bette se metía un pastel de chocolate casi sin respirar, como para compensar las calorías que se había evitado comiendo ensalada. Se estaba poniendo cerda cerda. Entonces vi a mi amigo el vigilante de la playa que se dejaba una especie de galleta que habían dejado sobre su indescriptible postre, una guarrada de cojones.

-No te comes eso? Coño no seas tímido, que está mu bueno- le dije.
-Ostia, pues no se si está bueno o no, nunca lo he probado- respondió.
-Y eso? Si es como una galleta normal y corriente.
-Ya por eso, es que soy celíaco.
-Venga ya, no me jodas!- grité.
-Que sí tío, que lo he sido toda mi puta vida.
-La madre que te trajo! Y porqué no lo dices?
-Para qué lo voy a decir? Es así y ya está, no hace falta que lo vaya diciendo todo el puto día. Nunca te habías preguntado por qué siempre bebo sidra?

Me quedé a cuadros. La zorra de la noruega toda la noche tocando los cojones con sus caprichos y este cabrón al que conocía desde hacía la tira callado como un puta. Lo creía saber todo de él, sabía dónde guardaba las pelis porno y hasta que mintió cuando dijo que lo había hecho por primera vez con aquella guiri buenorra. Fue curioso darse cuenta de lo que había que adaptar las cosas a la noruega mientras que mi amigo el vigilante era quien se adaptaba a todo. Una creaba barreras, distinciones, etiquetas, y el otro las rompía todas. Acabé a dos velas pillando una buena turca con mi colega.

Ebrio reparte 52.000 euros

Leo en la vanguardia que esta mañana un británico ebrio y aparentemente sin conciencia ha repartido 52.000 euros entre los viajeros del aeropuerto de Palma de Mallorca. El hombre tenía 59 años, procedía de Manchester y según los testigos su aspecto era de indigente, estaba sucio, olía desagradable y tenía apariencia de total abandono. El hombre reía mientras repartía el dinero, suyo fruto de una herencia según comprobaciones de la Policía. Hoy mismo ha sido enviado de vuelta a casa.

Hasta aquí la anécdota.

El adjetivo ebrio me parece innecesario pues no aporta nada al sustantivo que le precede. En cualquier caso, si yo fuera a repartir pasta entre la gente preferiría que utilizasen la palabra “generoso” para definirme en lugar de decir “hombre aparentemente sin conciencia”. Los testigos también podrían decir que su aspecto era de resacoso bohemio, hippy, alternativo e incluso vegetariano en lugar de llamarle sucio, apestoso, desagradable y abandonado, sobretodo después de recibir de él varios miles de euros por la puta cara. El que escribe el artículo parece sorprenderse también por el hecho de que mientras repartía el dinero el hombre estuviese riendo. Qué iba a hacer, llorar? Y me pregunto porqué le han devuelto a casa. Quizá su generosidad era molesta o ya se le había acabado.

La noticia aquí.

martes 7 de julio de 2009

En urgencias

Como ya expliqué, el otro día estuve en urgencias. Mientras esperaba a ser atendido me estuve fijando en todos los que allí estábamos. La mayoría eran inmigrantes y en general todos tenían bastante mala cara. Pensé que quizá alguna de esas malas caras se debiera al pestazo que echaba después de haberme pasado una hora jugando a fútbol en pleno verano y no haber pasado por la ducha. Mi mala cara se debía en un 90% a esto y en un 10% al dolor que sentía en mi maltrecho pié.

Uno de los que más mala cara tenía resultó ser un ex-compañero de trabajo al que no había visto desde que me despidieron a final del año pasado. Como no recordaba su nombre simplemente hice un gesto con la cabeza para saludarle. De hecho ni siquiera recuerdo si alguna vez había sabido como se llamaba. Tampoco era plan de ir a saludarle y preguntarle qué tal estaba pues la respuesta era obvia y no era lo mismo encontrármelo allí que en un antro cualquiera con un par de cubatas en el cuerpo.

La sala de espera a la que me habían enviado ya estaba llena y a unos cuantos nos trasladaron a otra, supongo que a la sala de los cuentistas porque más o menos todos estábamos bien, o dicho de otra manera, nuestra vida no corría ningún peligro. Al poco, mi ex-compañero apareció por allí y vino directo a preguntarme qué me había pasado. Le expliqué que me había roto el pié de marcar tantos goles y se echó a reír. Siempre me había parecido un buen tío y su risa pese a la fiebre que tenía me lo confirmó. En ese momento apareció un celador y le llamó por su nombre para decirle algo, supongo que le dijo que iba para rato, y gracias a eso averigüé su nombre sin tener que preguntárselo. Lo curioso es que me había pasado un año entero en la misma oficina que él, sentado a menos de 10 metros de su cubículo y en urgencias fue la primera vez que cruzamos palabra exceptuando el “bon dia” de rigor. Yo solía estar de viaje bastante a menudo pero eso no era excusa y me sentía extrañamente culpable por no haberme interesado nunca por él pues él sí sabía quién era yo.

El caso es que el mismo día me había pasado algo parecido con otra persona. Cuando esa tarde salí de casa para ir al partido me crucé en el portal con la vecina de abajo y vi que estaba muy embarazada. Dudé si darle la enhorabuena y al final no lo hice porque me pareció que ya era demasiado tarde y es que vivo en una comunidad donde somos sólo 5 vecinos.

Total, que tras un año entero viéndole la cara al tío ese y sin cruzar palabra me lo encuentro fuera de contexto y nos pasamos 4 larguísimas horas esperando entre risas. Así que de alguna manera fue gracias a él que tuve la paciencia de esperar a que me atendiesen. Yo pensaba que simplemente tenía un golpe en el pié, que quizá estuviera exagerando y que gracias a gente de mi calaña el sistema sanitario estuviese colapsado, pero lo que tenía era una fractura tipo Jones, Paco Jones. Una lesión que se suele menospreciar y que a veces acaba por llevarte a quirófano doblando el tiempo de convalecencia. Salí de allí en silla de ruedas y sólo tuve tiempo de desearle que se pusiera bien. Espero que la próxima vez que nos encontremos sea en un antro con menos drogas pero más ambiente.